lunes, julio 05, 2004
La esencia 

Nací en Uruguay, a los tres años mis padres me llevaron con ellos a Argentina. Es que la nacionalidad familiar es medio complicada, mi madre es argentina, mi padre italiano, mi bisabuelo por parte de madre, turco, yo nací en Uruguay y ahora vivo en Brasil. Peor mi hijo que carga con todo eso, y encima la madre es mulata y cabocla, descendiente de negros, indios y alemanes. Menos mal que no caí en las manos de algún purificador de razas (y bogaré para que mi hijo tampoco lo haga) sino ya estaría fuera de este nuestro mundo. Es que esos purificadores de razas dicen que los que estamos mezclados tenemos limitada la inteligencia (entre otras cosas), bueno, quizá yo no sea el mejor ejemplo como para contradecirlos, ni tampoco quiero, hay ciertas afirmaciones que los recolectores de argumentos no tendrían uno en su bolsa para objetarlas. Por eso, un servidor, jamás podría discutir con un nazi, ¿discutir de qué? ¿Existiría algún elemento que admita discusión? De mi parte, disculpen, pero no, no hay argumentos en contra de lo que no los admite.
Me dispersé, volvemos. Lo cierto es que mi padre decidió a mis tres años de vida que nuestra familia iría a argentina, supongo que para buscar un mayor bienestar para la familia (aunque en Uruguay no recuerdo que las cosas fueran mal), cosas de padres y madres de familia, nada objetables. Llegamos a argentina en el 72 y fuimos a vivir a un departamento en la calle Godoy Cruz y Niceto Vega, Godoy Cruz 1514, 1° A, Palermo viejo, nunca iré a olvidarme (viví allí hasta los once años). El balcón de ese departamento daba a Niceto Vega, y a mis cuatro años era visitante diario de ese espacio. Miraba a la calle, pero no era eso lo que me atraía. Lo que voy a contar es uno de los recuerdos más fuertes que conservo de aquella época, el resto es muy borroso, no podría distinguirlo. El principal objeto de atención, en aquel balcón era mi mano. Miraba mi mano derecha con mucha atención, durante mucho tiempo hasta que comenzaba a tener conciencia de mi existencia. “Yo existo, yo soy” pensaba, pero no era sólo pensarlo, sino la sensación de existir es lo que aún recuerdo como algo muy pesado, me repetía mentalmente esas palabras y sentía su significado, y cada segundo que avanzaba parecía que me estuviera metiendo dentro de un tubo que resultaba cada vez más estrecho, pero aún así, no dejaba de avanzar. Cada vez que recordé esa experiencia, volví a intentarla, una y otra vez, en mi pre-adolescencia, en mi adolescencia, en mi juventud y ahora en mi madurez. Nunca pude volver a sentir lo mismo.
Creo que cada vez que nuestra vida avanza en experiencia mundana, donde en teoría tendríamos más conocimiento, nos alejamos de nuestra esencia. ¿Y qué es nuestra esencia? Es nuestro esencial, lo primero, lo incorrupto, el ser. Nuestro ser, a través de los años se va corrompiendo con el “no ser” que sería el existir “en función de”, no “a través de” y eso nos hace cada vez más mundanos y nuestra esencia se funde y se multiplica en todo el mundo que se abre a nuestros ojos, se diluye como una gota de vino en una pileta de agua, ya dejamos de ser nosotros, somos todo aquello en lo que vivimos y que dejamos que nos corrompa, y el punto radica en que no fue nuestro yo el que lo eligió. Si alguno de nosotros hubiera nacido en un lugar donde los hombres son azules, tienen cuatro manos y una pierna con ruedas, tres ojos y que se comen entre ellos, ese hubiera sido nuestro escenario normal del día a día.
¿Y cuál sería la solución al problema?
¿Qué solución? ¿Qué problema?

por LDD @ 12:13 PM1:52 a. m.